22 de abril de 2024
La mirada del espectador

Pedro Sánchez 2050

Ricardo Muyo. En 2016 Donald Trump aseguraba que podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos. En aquel momento la frase era cierta, pero Trump no contaba ni con el Coronavirus ni con la fuerza de un sistema integrado por múltiples actores que se han empleado a fondo para tumbarlo.

Algo similar le ocurre a nuestro presidente: podría liarse a tiros en plena Castellana, perdería algún que otro voto, pero seguiría sacando adelante investidura tras investidura. Muchos se tragarían la versión de que sus víctimas murieron por una intoxicación de plomo. Además, en España lo importante al final es que los escaños del Congreso sumen, como así ha ocurrido con la Ley de Presupuestos para 2021 que se ha aprobado esta semana.

Para ello, el sanchismo ha reeditado y mejorado las alianzas de las que se sirvió en la moción de censura de 2018 que le llevó a la Presidencia. Al hilo de este debate, los portavoces de PSOE -Adriana Lastra- y Podemos -Pablo Echenique- aprovecharon su turno de palabra para revolcarse en el lodo mientras exigían a la oposición que abandonara toda esperanza de aproximarse al poder. Por su parte, el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, anunció enchulecido el inicio de una “nueva era” en la que la clave parlamentaria pivota sobre los separatistas.

En efecto, recientemente Pedro Sánchez presentó su plan “La España que nos merecemos”, con una proyección 2021-2026. Su Persona hizo aquí gala de gran humildad pues, en realidad, su objetivo es que su mandato se prolongue varias décadas hasta el día en que la Parca le halle plácidamente en su lecho de La Moncloa.

Al contrario que Trump, Sánchez no deberá enfrentarse al Sistema, sino que aspira a ser de manera absoluta el Sistema. Ya cuenta para ello con el control del Congreso, en el que a sus concesiones sin escrúpulos suma una derecha dividida y enfrentada que, dadas las características de la Ley Electoral, está muy lejos de sumar la mayoría necesaria.

Sánchez dispone también del control total del partido. Desde el interior del PSOE los barones critican con la boca pequeña, mirando con un ojo a su electorado y con el otro a Ferraz, pero nadie siente realmente el impulso suicida de moverle la silla al líder. Tampoco fuera del partido parece haber ningún líder con suficiente impulso y ganas para arrancar una alternativa que compita con el PSOE. La vieja guardia ya ha manifestado la orfandad que siente la “izquierda patriótica”, pero lo cierto es que cualquier intento de crear una fuerza alternativa solo serviría para restar votos a Sánchez, convirtiendo el panorama político en una continua sucesión de elecciones. Es decir, el PSOE no desaparecería, pero sí se profundizaría en la inestabilidad institucional.

Pocos obstáculos le quedan así al presidente para convertirse en nuevo Califa en esta España de taifas. Para abrir bocado, la Corona (atada de pies y manos por la Constitución), el Poder Judicial (“estamos trabajando en ello”) y los medios de comunicación que escasamente puedan pellizcar la dura piel de hipopótamo de Sánchez. Después ya llegará el problema de cómo deshacerse de Podemos y de cómo mantener atados a los separatistas durante el tiempo suficiente para consolidarse definitivamente.

Con respecto a la sociedad civil, me gustaría pensar que aún hay esperanzas. No obstante, hay dos grandes peligros: el control de los medios de comunicación, unido al dominio de un relato político plagado de mentiras que cuelan más de lo que podría esperarse, y -directamente vinculado a la anestesia social- el asalto a la educación con vistas a reforzar el dominio de la progresía eternamente.

Ahora la cuestión es cómo lograr que Sánchez fracase en su intento por construir un sistema a su medida, que profundice en el déficit democrático del que ya procedíamos y conduzca a España a un colapso en el orden institucional, pero también en el económico, en el social y en el internacional. Se aceptan sugerencias.

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