12 de abril de 2024
La mirada del espectador

Cataluña vista por un extranjero

Sete de la Quadra. Está por investigar el dinero que el nacionalismo catalán ha derrochado con el fin de conseguir apoyos dentro y fuera de nuestras fronteras. Una propaganda que ha encontrado suelo fértil entre quienes quieren desestabilizar a la UE, quienes están en contra del sistema y se apuntan a lo que sea, quienes odian a España por motivos históricos o políticos y quienes sencillamente no sabrían ubicar Cataluña en el mapa y se han conformado con lo que les cuentan las fuentes secesionistas. Estos últimos son los más preocupantes.

En efecto, fuera de España pueden encontrarse personas de buena fe que apoyan el nacionalismo porque les han vendido un cuento que dista mucho de parecerse a la realidad. El Gobierno, a pesar de contar con medios suficientes, no ha estado a la altura para contrarrestar la campaña separatista en el exterior. Por lo que respecta a algunos medios de comunicación extranjeros, ha quedado patente que la crisis del periodismo en lo que se refiere a la profesionalidad para contrastar informaciones y buscar la verdad es universal.

Por tanto, no será difícil encontrar a un noruego, un colombiano o un estadounidense mal informado que se muestre comprensivo con los nacionalistas y considere legítima y noble la ideología nacionalista, tan perversa en realidad como el comunismo o el nazismo. Tras exponerse a las imágenes de un ciudadano ensangrentado que luego resultaron corresponderse a protestas de hace dos años o la de manifestantes bien entrenados en el oficio de buscar que el árbitro pite penalti, el observador poco instruido tiende a solidarizarse con las supuestas víctimas.

En buena parte los medios de comunicación serios rectificaron, aunque la herida de la mentira en el inconsciente colectivo nunca acaba de cicatrizar por completo. Luego toca desarmar el argumento de “si se quieren ir de España, que se vayan” o “si quieren votar, que se lo permitan”. Sobre todo porque el ser humano tiende a ser muy generoso… con los bienes de los demás. Sin embargo, ese patriotismo que hasta octubre de 2017 parecía ser delito en España lleva mucho tiempo instalado en la mayoría de los países civilizados.

Así que díganle a un noruego, a un colombiano o a un estadounidense que apliquen el mismo criterio a sus países: que si en una parte del territorio a unos zumbados les da por decir que son superiores al resto, que trabajan más y mejor, que son más ricos que los demás y no necesitan del resto del país para sobrevivir… les dejen marcharse. No importa que todo sea mentira: si en el estado de Nueva York, con la ciudad homónima en su seno, el gobernador decidiera que no tienen nada que ver con el resto de sus compatriotas, ningún estadounidense admitiría siquiera la convocatoria de un referéndum. Díganle a un colombiano que renuncie a Antioquía, a un argentino que Entre Ríos podría formar un país por su cuenta o que debe ceder Tierra de Fuego a Chile; pídanle a un mexicano que se olvide de Chihuahua, a un francés que deje de “reprimir” al pueblo corso o a un alemán que reconozca la singularidad de Baviera y, en consecuencia, el derecho de sus habitantes a formar un Estado diferente… ¿por qué los españoles íbamos a ser diferentes?

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