22 de abril de 2024
La mirada del espectador

Aprendizajes de la campaña electoral

Javier de Carlos. Se acerca ya el 28 de abril y con él la votación de las elecciones generales, de las que cabe esperar el inicio de un nuevo ciclo político en España, por el momento lleno de incertidumbres. Habrá que esperar para valorar el nuevo escenario que resulte de la cita electoral, pero por de pronto ya es posible recoger algunos aprendizajes de estos días de campaña que pueden ayudar a iluminar el futuro. Centrémonos ahora tan solo en dos: la existencia de una amplia masa de españoles que no se sienten representados y el cortoplacismo de los partidos del sistema.

El desafío al statu quo y la España no representada

El fenómeno ya asomó en las citas electorales más recientes con la emergencia de nuevas fuerzas políticas y la crisis de la hegemonía de los viejos partidos. En esta ocasión todos los focos se han puesto en Vox y su intento de surfear sobre una ola de dimensiones y contornos ideológicos poco precisos, pero que en todo caso tiene una magnitud significativa. 

La responsabilidad que la formación de Abascal está asumiendo es importante… y está claro que el sistema no está dispuesto a dar facilidades. Se demuestra de nuevo que quienes desde hace cuarenta años administran la corrección política han optado ya por la cultura de la postverdad, asumiendo además que todo vale para aniquilar al potencial enemigo; la manipulación del lenguaje se ha convertido en un arma poderosa para la perpetuación de los mitos y falsedades del statu quo.

La vertebración de una España que no se siente representada por el dominante conglomerado de partidos, poderes financieros y grandes grupos mediáticos, es uno de los grandes desafíos de nuestra política que exigirá altas dosis de coraje y coherencia.

Los principios importan más bien poco…

Y a la coherencia –o la falta de ella- se refiere el segundo aprendizaje: una amplia gama de las posiciones de los principales líderes políticos es volátil. Se habla de la “veleta naranja” a propósito de Cs, pero no menos variables son las ideas del resto de partidos ya instalados en el sistema: evolucionan según lo que en cada momento más conviene, aunque entren en contradicción. Le ocurre al PSOE de Sánchez, pero no menos –y en temas muy esenciales- al zigzagueante proyecto de Casado. Podemos, por su parte, parece haber perdido el norte de aquello que pudo legitimar su nacimiento. 

En nada favorece esta falta de coherencia general a la credibilidad de la política y de los políticos. Mantener o conseguir el poder a toda costa y la primacía de los intereses particulares y de partido, han sustituido al bien común como finalidad de la noble actividad política.

Pero el problema no es solo de confianza, con ser esto ya suficientemente importante. España necesita acometer retos que requieren una perspectiva de largo plazo: la renovación de un proyecto de nación en la que todas las regiones se puedan sentir partícipes; la calidad de nuestro sistema educativo, hoy fragmentado y con evidentes amenazas a la libertad educativa; el invierno demográfico y la sostenibilidad de un sistema de pensiones justo; el futuro de los jóvenes, instalados hoy en la precariedad laboral y la dificultad para construir proyectos personales estables; con relación a la emigración, la búsqueda del necesario equilibrio entre humanidad/solidaridad y la eliminación de las mafias explotadores, la preservación de nuestra identidad cultural y el cumplimiento de las leyes.

Otros muchos desafíos podrían citarse que son incompatibles con el cortoplacismo, la demagogia y la mezquindad partitocrática a los que hemos asistido en esta campaña electoral. 

La renovación a fondo de nuestra política sigue siendo, hoy por hoy, una tarea ineludible.

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