(Laura Ginés). Seguimos diseccionando el plan de Sánchez. Del ocupante de La Moncloa se dice que es narcisista, frío, despótico e incluso psicópata. En La Opinión Libre estamos explicando que las virtudes y defectos de Pedro Sánchez son compatibles con un hecho demostrable: tiene un plan.
No son pocos los que, ante este panorama, han alzado la voz para denunciar que Sánchez está cediendo ante los nacionalistas porque, en su ambición de poder, es capaz de vender a España a cualquier precio.
Sus apaños postelectorales no constituyen de una mera cesión utilitarista o un ejemplo, si se quiere palmario, de realpolitik, de practicidad sin cuestionamientos morales. No. Sánchez está siguiendo una hoja de ruta clara que hunde sus raíces en el pasado y conecta con las profundidades de un revanchismo político latente desde hace decenas de años. Ahora, Sánchez cree que tiene a su alcance la posibilidad de vengar a generaciones de españoles.
El objetivo parece claro: acabar con la monarquía parlamentaria, la democracia liberal y el Estado de Derecho e implantar una República federal, socialista y atea.
A cualquier precio, aunque para ello se destruya España. O precisamente para eso.
Sánchez parece haberse tomado en serio lo que, con algo de ironía y temor, auguraba una viñeta de Mingote hace más de 20 años: “A España no la va a reconocer la madre que la parió, pero a este paso la va a reconocer su abuela”.
Esta es la razón por la que los votantes socialistas, o los de carnet, casi sin excepción, aplauden a Sánchez: sus ensoñaciones políticas más efervescentes y reprimidas en su subconsciente colectivo podrían hacerse realidad pronto en toda su extensión.
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